martes, 16 de diciembre de 2025

Hay cunas que aún esperan justicia

Hay historias que no envejecen porque nunca tuvieron un final, historias que permanecen abiertas como una pregunta incómoda que atraviesa generaciones. La de los niños robados es una de ellas. No pertenece solo al pasado ni puede encerrarse en un capítulo de la historia; sigue viva en el presente de muchas personas que aún buscan una verdad que les fue negada desde el primer instante.

Durante años, a muchas madres se les dijo que su hijo había muerto y se les pidió que aceptaran esa palabra como si fuera suficiente. Sin cuerpo, sin despedida, sin una tumba donde llorar. Volvieron a casa con las cunas intactas, con la ropa doblada que nadie usaría, con el pecho lleno de leche y el alma obligada a callar. No solo se les arrebató a un hijo, también se les robó el derecho al duelo, a la verdad y a la memoria.

Hay silencios que no se rompen con el tiempo, solo se esconden. Yo lo comprendí el día que entré en un hospital creyendo que iba a vivir una escena cualquiera y terminé frente a una historia que no era mía, pero que me atravesó como si lo fuera. Nada más cruzar la puerta, algo se removió dentro de mí. Los pasillos, el olor, esa calma tensa que tienen los hospitales, despiertan una conciencia difícil de esquivar, porque allí conviven la vida que llega y las ausencias que nunca se fueron.

Mientras caminaba, el llanto de un bebé resonó a lo lejos y me llevó a pensar en todas esas historias silenciadas durante décadas. No fue un recuerdo personal lo que regresó, sino una realidad colectiva que sigue latiendo bajo la piel de muchas familias. Escuchar a un recién nacido llorar en ese lugar obliga a hacerse preguntas incómodas, a mirar de frente lo que otros vivieron y a entender que hay dolores que no prescriben porque nunca fueron reparados.

Poco después vi a una familia con su hija en brazos, tan pequeña, tan ajena al peso de todo lo que cargamos los adultos. Dormía tranquila, confiada, como solo duermen quienes llegan limpios al mundo. Y fue imposible no pensar en el vértigo que supone imaginar esa ausencia, en el vacío que dejaría un robo así, en la vida partida en dos sin explicación posible. No hace falta haberlo vivido para comprender la magnitud del horror; basta con mirarlo de cerca para que duela.

No hablamos de errores aislados ni de casos puntuales, sino de una práctica sostenida en el tiempo que robó identidades, rompió familias y dejó cicatrices que aún supuran en silencio. La tragedia no fue solo el robo, sino todo lo que vino después: el silencio impuesto, el miedo a preguntar, el mirar hacia otro lado y convertir el dolor en algo íntimo, cuando en realidad era una injusticia colectiva.

Hoy, muchos de aquellos niños son adultos que viven con una duda clavada en el pecho, preguntándose si su nombre es realmente suyo, si su historia comenzó donde les contaron, si alguien, en algún lugar, los sigue buscando sin descanso. Y al otro lado están las madres, muchas ya mayores y algunas ya ausentes, que murieron sin respuestas, con la herida abierta hasta el último día.

Hay cunas que aún esperan justicia. No venganza, sino verdad. No castigo, sino reconocimiento. Porque ninguna madre debería morir sin saber qué fue de su hijo y ninguna persona debería vivir sin conocer quién es ni de dónde viene. Recordar estas historias no es abrir heridas, es negarse a que sigan sangrando en la oscuridad.

Este artículo nace a petición de nuestra amiga y seguidora Natalia, que me pidió que escribiera sobre esta realidad que sigue doliendo y que no puede caer en el olvido. Su mensaje fue el empujón necesario para poner palabras a una herida que sigue abierta y para recordar que contar estas historias también es una forma de acompañar.

Contar lo ocurrido es un acto de responsabilidad y también de humanidad. Es decir que no renunciamos, que no aceptamos el olvido y que entendemos que la memoria no es pasado, sino una forma de proteger el futuro. Mientras quede una sola cuna esperando respuesta, esta historia no puede darse por cerrada, porque solo la verdad y la conciencia colectiva pueden impedir que vuelva a repetirse.

Si este texto te ha removido, no lo guardes solo para ti. Compartirlo también es una forma de justicia.





miércoles, 5 de noviembre de 2025

El dolor de no sentirse querido

 Hay heridas que no se ven, pero sangran igual que las que atraviesan la piel.

Una de ellas —quizás la más silenciosa y cruel— es la de no sentirse querido.
No hablo de la soledad, ni del desamor romántico, sino de ese vacío que se siente incluso rodeado de gente.
Cuando notas que te toleran, pero no te quieren.
Que te escuchan por educación, pero no por interés real.
Que te sonríen por costumbre, pero no por cariño.

A veces la vida te coloca en lugares donde te valoran por lo que representas, no por lo que eres.
Te quieren porque eres el hijo de, el hermano de, el padre de, el que ayuda, el que resuelve, el que nunca dice que no.
Te aceptan, sí, pero no por tu esencia, sino por el papel que cumples en sus vidas.
Y eso duele más de lo que cualquiera imagina.

Duele cuando sientes que, si un día decides desaparecer, el silencio apenas haría ruido.
Duele darte cuenta de que si no eres útil, si no sirves de algo, tu presencia pasa inadvertida.
Duele mirar a los ojos de alguien y notar que te trata con cortesía, pero sin alma.
Duele que te abracen sin sentirte, que te hablen sin escucharte, que te digan “te aprecio” sin mirarte de verdad.

Y uno se cansa.
Se cansa de ser el fuerte, el que aguanta, el que comprende, el que siempre está disponible.
Se cansa de dar sin recibir, de cuidar sin ser cuidado, de preguntar “¿cómo estás?” sin que nadie devuelva la pregunta.
Te cansas de fingir que no pasa nada, cuando por dentro estás gritando:
“¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?”

El problema de ser bueno es que muchos confunden tu bondad con obligación.
Y el problema de tener un gran corazón es que siempre terminas intentando justificar la frialdad de los demás.
Hasta que un día te das cuenta de que no eres tú quien está roto, sino el entorno que no sabe valorar lo que tienes dentro.

Entonces llega la etapa del silencio.
Aprendes a callar, a observar, a dejar que el tiempo te muestre quién está por amor y quién por conveniencia.
Empiezas a alejarte sin hacer ruido, a guardar tus palabras, a proteger lo poco que te queda: tu paz.
Y ahí, justo ahí, ocurre algo hermoso: descubres que la soledad no siempre es enemiga.
A veces, es el refugio donde uno vuelve a encontrarse.

No sentirse querido es un golpe que te cambia.
Te vuelve más selectivo, más sensible, más sabio.
Aprendes que el amor no se ruega, que el cariño no se compra y que la atención no se mendiga.
Aprendes a quererte tú, porque entiendes que nadie puede llenar el vacío que otros dejaron por no saber verte.
Y eso, aunque duela, te libera.

Porque el amor verdadero no exige títulos ni condiciones.
No necesita apellidos ni roles.
El amor real llega cuando alguien te mira sin máscaras y te dice: “me gustas tal como eres, incluso con tus sombras.”

Así que si hoy te sientes no querido, no te castigues.
No te rebajes.
No cambies para encajar en un molde ajeno.
El que no supo verte, simplemente no tenía ojos preparados para mirar tu luz.
Y eso, créeme, no te hace menos: te hace distinto.

A veces, el mayor acto de amor propio es soltar.
Soltar los lugares donde no te valoran, las personas que no te sienten y los espacios donde solo existes por inercia.
Porque solo cuando te atreves a irte de donde no te quieren, la vida te lleva justo hacia donde sí te necesitan.

Y tú…
¿Alguna vez has sentido ese vacío de no ser querido, de ser simplemente tolerado?
Cuéntamelo. A veces, escribir también es sanar.




domingo, 2 de noviembre de 2025

El error que siempre vuelve

Nos pasamos la vida repitiendo frases hechas:

"De los errores se aprende", decimos, como si el simple hecho de tropezar nos hiciera más sabios.

Pero la realidad es otra, mucho más dura.

De los errores no se aprende, se sobrevive.


El ser humano tiene una habilidad increíble para olvidar lo que duele. Cuando el golpe pasa y la calma vuelve, enterramos lo vivido en algún rincón del alma, convencidos de que ya está superado. Pero lo que se olvida no se aprende… y lo que no se aprende, se repite.


Nos decimos que no volverá a pasar, que la próxima vez será distinto, que ahora sí hemos madurado. Y sin embargo, cuando el tiempo borra las huellas del tropiezo, volvemos a andar descalzos sobre las mismas piedras.

Porque el tiempo no enseña. El tiempo anestesia.

Nos cura las heridas, pero también nos roba la memoria.


Creemos que el dolor deja lecciones, pero muchas veces solo deja cicatrices. Y con los años, esas cicatrices se vuelven casi invisibles. Hasta que un día, sin saber cómo, el destino nos pone de nuevo frente al mismo error. Entonces entendemos que la vida no repite capítulos por capricho, sino porque aún no hemos entendido la lección.


No aprendemos del error, aprendemos cuando recordamos el error.

Cuando lo analizamos, cuando lo aceptamos sin buscar culpables, cuando lo miramos con honestidad y decimos: “Sí, fui yo. Yo lo hice mal”.

Esa es la diferencia entre tropezar y crecer.


Quizás la sabiduría no esté en caer ni en levantarse, sino en tener el valor de recordar dónde nos caímos.

Porque mientras sigamos huyendo del pasado, el pasado nos seguirá los pasos.

Y cada olvido será una invitación a repetir la historia.


Así que no, no creo que de los errores se aprenda.

Creo que solo se aprende de lo que no se olvida.


Y tú…

¿crees que aprendemos de los errores o simplemente los dejamos dormir hasta volver a tropezar?


Déjame leerte en los comentarios.

Tal vez, entre todos, encontremos la respuesta.




sábado, 1 de noviembre de 2025

Las máscaras que usamos a diario

Cada mañana el mundo se llena de actores.
Unos se colocan la sonrisa, otros la indiferencia.
Hay quien se disfraza de fuerte, aunque por dentro tiemble.
Y otros, simplemente, se esconden tras el silencio porque ya no tienen fuerzas ni para fingir.

Nos enseñaron a no llorar en público, a decir “todo bien” cuando el alma se derrumba, a tapar las grietas con frases vacías y filtros de Instagram.
Y así, poco a poco, nos convertimos en personajes: el que ríe, el que brilla, el que tiene éxito... aunque a veces ni nos reconozcamos en el espejo.

Pero la verdad, la de verdad, está en los momentos en que bajamos el telón.
En ese instante en que te quedas solo contigo mismo y te das cuenta de que ya no sabes quién eres sin la máscara puesta.
Ahí es donde empieza el verdadero teatro de la vida: cuando decides dejar de actuar.

Quizás la valentía no sea seguir aparentando, sino tener el coraje de mostrarse tal cual uno es: roto, cansado, humano.
Porque cuando el alma se desnuda, el corazón respira.
Y cuando el corazón respira, la vida vuelve a tener sentido.

Así que hoy, si te atreves, quítate la máscara.
Que te vean sin guion, sin papel, sin luces.
Porque a veces —solo a veces— ser uno mismo es el acto más revolucionario que existe.

 

lunes, 20 de octubre de 2025

La sociedad que estamos fabricando

 A veces me detengo a mirar a mi alrededor, y no sé si reírme o echarme a llorar. Nos llenamos la boca hablando de progreso, de libertad, de empatía… pero cada día nos parecemos menos a lo que un día soñamos ser.

Vivimos en una sociedad donde la apariencia vale más que la verdad, donde el “me gusta” pesa más que la palabra, y donde el valor de una persona se mide por la cantidad de ojos que la miran, no por el corazón que la sostiene.

Nos estamos convirtiendo en seres acelerados, que escuchan sin oír, que miran sin ver, que sienten sin sentir. Todo lo queremos rápido, fácil y sin compromiso. Amamos con miedo, opinamos sin saber, y juzgamos sin piedad.
Hemos confundido la libertad con el libertinaje, la sinceridad con la falta de respeto, y la educación con debilidad.
Ya no se trata de tener razón, sino de gritar más fuerte.

Vivimos tiempos donde el silencio incomoda y la reflexión aburre. Donde pensar distinto te convierte en enemigo y tener principios parece un acto revolucionario.
Donde lo correcto es lo que está de moda, y lo que está bien pasa de moda al siguiente.

Pero, entre tanto ruido, todavía queda gente buena.
Gente que no busca brillar, sino alumbrar.
Gente que no compite, sino comparte.
Gente que aún saluda, que aún escucha, que aún se detiene a preguntar “¿cómo estás?” y espera la respuesta.

Quizá el mundo no esté perdido del todo.
Quizá todavía estemos a tiempo de mirarnos a los ojos y recordar quiénes fuimos antes de volvernos tan fríos.
Quizá haya esperanza, si somos capaces de volver a lo sencillo: a los valores, al respeto, al esfuerzo, a la palabra dada.

Porque una sociedad no se mide por sus avances tecnológicos ni por su modernidad,
sino por su humanidad.


Y ahí, amigo mío… llevamos demasiada prisa, y muy poca alma.


viernes, 17 de octubre de 2025

Cuando das todo, y aún así te clavan el alma

Hay momentos en la vida en los que uno se entrega sin reservas.

Te das en cuerpo y alma, porque crees en lo que haces. Porque lo sientes tuyo. Porque entiendes que el trabajo bien hecho no se mide en horas, sino en corazón.
Y así vas dejando pedacitos de ti en cada cosa, dejando atrás tus propios quehaceres, tus ratos libres, tu descanso… todo, por sacar adelante lo que otros ni siquiera entienden.

Y cuando lo haces así, con verdad, esperas que la vida —o al menos las personas— respondan con el mismo respeto. Pero no siempre es así.
A veces, en lugar de un “gracias”, te llega una puñalada.
A veces descubres que la gente no te valora por lo que das, sino por lo que cedes.
Que mientras bailas al son que ellos marcan, todo va bien.
Pero cuando te atreves a marcar tu propio compás, cuando dices “hasta aquí”, entonces eres el problema.

Qué ironía. Que el que trabaja de corazón sea el señalado. Que el que intenta hacer las cosas bien sea el que molesta.
Pero aun así, bendita sea la conciencia tranquila.
Porque mientras otros viven de las apariencias, tú puedes mirar atrás y saber que no le debes nada a nadie.
Que tu entrega fue real, y tu lealtad, sincera.

No hay derrota en eso. Hay aprendizaje.
Hay cicatrices que enseñan a quién dar la mano y de quién apartarla.
Porque al final, quien te paga mal por hacer el bien, no te quita valor… se lo quita él mismo.

Y tú sigues. Cansado, pero con la frente alta.
Dolido, pero limpio.
Porque quien actúa desde el corazón, tarde o temprano, encuentra su recompensa.
Aunque el mundo te dé la espalda… Dios nunca lo hace.

A veces la vida te pone en lugares donde tu entrega no encaja con los intereses de otros.
Te duelen las decepciones, te pesan las injusticias, pero aprendes que no todo el mundo tiene tu mismo sentido de la lealtad.
Y ahí está la lección: no cambies tu esencia por la ingratitud de nadie.
Sigue dando lo mejor de ti, aunque duela.
Porque lo que haces desde el alma, tarde o temprano, vuelve multiplicado.
Y cuando eso ocurra, entenderás que no perdiste… solo te estaban preparando para algo más grande.




lunes, 29 de septiembre de 2025

La vida no se vive mañana, se vive hoy

El tiempo avanza a pasos agigantados. Apenas nos damos cuenta y ya estamos dejando atrás estaciones completas. Hace solo un suspiro despedíamos el verano, con su calor, sus tardes largas y esa sensación de libertad que siempre trae consigo. Y ahora, casi sin notarlo, las calles comienzan a vestirse de luces, los escaparates se tiñen de rojo y dorado, y la Navidad asoma en el horizonte como un susurro que se convierte en voz.

La vida se convierte en una cinta transportadora que nunca se detiene. Siempre avanzando. Siempre empujándonos hacia adelante. Y nosotros, inmersos en esa inercia, vivimos esperando lo que viene: “cuando llegue tal día…”, “cuando pase tal cosa…”, “cuando lleguen las vacaciones…”. Nos aferramos al futuro como si allí estuviera escondida la verdadera vida. Y en ese esperar, en ese constante aplazamiento, se nos van escapando los mejores momentos.

El problema es que a ese correr del reloj le sumamos el estrés. Ese compañero silencioso que aprieta el pecho, que nos llena la agenda hasta los bordes, que nos hace correr más de la cuenta, aunque no sepamos muy bien hacia dónde. Vivimos con la mente siempre más rápida que el cuerpo, con el alma instalada en un mañana que nunca llega y casi nunca en el hoy. Queremos que pase la semana, que llegue el viernes, que llegue el puente, que empiecen las vacaciones… y cuando por fin llegan, los vivimos con la prisa de quien tiene miedo de que se acaben demasiado pronto.

Y en medio de esa carrera sin meta, el estrés nos roba lo más valioso: la capacidad de disfrutar del instante. Nos arrebata el poder detenernos en la sobremesa tranquila, en la risa espontánea de un hijo, en el café compartido sin mirar el reloj, en el silencio de estar simplemente en paz. Todo eso, que al final es lo que da sentido a la vida, lo dejamos pasar como si siempre fuese a estar ahí, sin darnos cuenta de que lo más frágil y lo más hermoso se escapa sin avisar.

El tiempo no espera. No pide permiso, no se detiene para que lo alcancemos, no concede treguas. Y cuando abrimos los ojos, ya se nos fue.

Quizás la clave no esté en intentar ganarle la carrera al reloj, sino en aprender a bajar el ritmo. En comprender que el futuro nunca será tan real como este presente que ahora mismo respiramos. El estrés siempre nos empujará hacia lo que viene, pero la paz —la verdadera paz— se encuentra en un lugar mucho más sencillo: aquí, en el ahora.
Porque la vida no empieza mañana ni se guarda para más tarde: la vida está sucediendo justo en este instante.





Hay cunas que aún esperan justicia

Hay historias que no envejecen porque nunca tuvieron un final, historias que permanecen abiertas como una pregunta incómoda que atraviesa ge...