Hay lugares que se quedan marcados para siempre. Rincones que, aunque pase el tiempo, siguen oliendo a esa persona que ya no está. Lugares donde las risas quedaron suspendidas en el aire, donde las palabras todavía parecen resonar si cierras los ojos, donde el silencio tiene su voz.
A veces, caminar por esos sitios es como abrir una puerta al pasado. La silla en la que siempre se sentaba, esa esquina donde esperabas verlo aparecer, el banco del parque donde las conversaciones se alargaban sin mirar el reloj… Todo sigue ahí, intacto, como si el tiempo hubiera decidido detenerse, esperando su regreso.
Y aunque sabemos que no va a aparecer, el corazón juega con la ilusión. Cada vez que vuelves, esperas —aunque solo sea por un segundo— girarte y verlo sonreír, como si nunca se hubiera ido.
Esos lugares duelen, pero también reconfortan. Porque nos recuerdan que las personas que amamos no desaparecen del todo. Quedan en las cosas sencillas, en los espacios cotidianos, en esos lugares donde fuimos felices juntos.
A veces, lo más bonito es sentarse un momento y sentir que, de algún modo, esa persona sigue ahí… en el aire, en la luz, en la memoria que el lugar guarda sin que nadie se lo pida.
📖 Hoy te invito a pensar: ¿qué lugar te recuerda a esa persona que ya no está y que, cada vez que vuelves, parece como si fuera a aparecer en cualquier momento?
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